Y un día vine yo

Todo el mundo sabe de donde vienen los niños, por lo que no entraré en detalles, para aquellos que no lo sepan les diré que los papás se acercan al Corte-Inglés más cercano y hacen su pedido, al cabo de 9 meses -si correos va bien- reciben un paquete en el hospital de su ciudad con el bebé dentro, un manual de instrucciones en japonés y una copia del libro “Guerra y Paz” para las futuras noches de insomnio.

Nací en mayo de 1976, justo cuando entraba la primavera, nada más verme mi padre exclamó -¡¡ Cariño, tenemos un capullo!!- lo demás es historia. Debió de gustarme el tema de los hospitales, un mes más tarde volví al hospital, esta vez para quedarme durante 6 meses a los cuidados de un buen número de jóvenes enfermeras. Aquello fue el principio de un ir y venir continuo, cualquier excusa era buena: beber lejía, jabón, aguarrás o cualquier otro producto químico nocivo, tomar pastillas de mi abuela, cuando no de mi madre -deberían de estar prohibidas las pastillas de colores, todas tendrían que tener forma de verduras, ¿A que niño le gustan las verduras?- en los primeros años me especialicé en “lavados de estomago”, luego vinieron fiebres y más tarde las crisis gástricas. Pero no le entretendré con enfermedades, para eso ya está “Hospital General”.

Vivía en una humilde casa, acompañado por: Mamá, Papá, La Abuela, tres hermanos, un perro llamado whisky y dos canarios, no había dinero para comer todos por lo que lo hacíamos turnos.

Mamá trabajaba en casa para poder dar de comer a tanta boca hambrienta, cuando no trabajaba dormía y cuando no dormía trabajaba; de vez en cuando se levantaba de la silla, era el momento en el que mis hermanos y yo más corríamos. Mi padre -listo él- tenía el trabajo justo en la puerta, ahorraba dinero en gasolina, para invertirlo en tabaco, La Abuela se ocupaba de las tareas domésticas; mis hermanos y yo, teníamos la dura tarea de ser niños, el perro y los dos pájaros vivían a todo lujo.

Soy el menor de cuatro hermanos, Francisco José, era el mayor y más inteligente, Fernando le seguía a dos cuerpos de distancia -nunca mejor dicho, era el doble de grande, fuerte y burro que mi hermano mayor- luego estaba Juan Carlos y después vine yo. Para Fernando no hubo dinero para un segundo nombre y yo tuve suerte, mi madre compró un paquete de magdalenas y de regalo le toco un segundo nombre, rápido llamó y les ofreció algo mejor: les regalaba mi segundo nombre y a mí si fuera necesario, no aceptaron, pero como ya tenía un segundo nombre le cambiaron el premio por un primero siempre y cuando este no tuviera más de diez letras.

¡¡Oh, que tiempos aquellos!! En los que compartía habitación con mis hermanos, siempre estábamos peleando, por el sofá, por la comida, por la televisión, por la pelea del día anterior, aquello si era acción y no la de la Moncloa, luego llegaba mi Abuela, y ponía orden en la habitación y a nosotros el culo como nariz de payaso, ¡¡Oh, que tiempos aquellos!! En los que corríamos delante de La Abuela cual gacelas huyendo de la leona; de nada valía tarde o temprano éramos cazados si no hoy, mañana. La Abuela que señora -y que memoria-, ha sido la única mujer que he conocido capaz de cambiar la ropa varias veces de color en la lavadora, recuerdo un “chadall” de mi hermano Fernando el cual pasó de negro a amarillo, en menos que canta un gallo, y a otros tantos colores a lo largo de toda su vida.

Que casa aquella, era un quinto sin ascensor, intentamos hacerla un primero, entonces vino el del primero y nos echo de su casa, no le parecía bien compartir el aseo con todos nosotros en especial con el perro. Cambiamos la distribución tres veces en un tiempo record, cuando Papá iba por la mañana a trabajar, dejaba el comedor bien amarrado junto al pasillo, por la noche ya no había pasillo y el comedor misteriosamente había ganado un metro, pasó tres días buscando su pasillo y sobre todo el cuadro que le habían regalado de “Hogar dulce hogar”, un día Mamá le confesó que había vendido el cuadro para pagar el recibo de la luz y como regalo dio el pasillo, luego vino la reforma de la cocina y por último la reforma de la reforma. Después nos aburrimos de las reformas y nos mudamos.

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Un comentario para “Y un día vine yo”

  1. No Gravatar dice:

    Eso era antes… ahora vienen con el de Supernanny!!

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