Pijamas, Raso y un sofá
Desde que el hombre es hombre, la mujer es mujer, e incluso cuando sólo eramos moluscos perdidos en la inmensidad del océano, los hombres han soñado con pasar la noche en una casa con varias mujeres -a veces nos sobra hasta la casa-.
Acababa de cenar y estaba preparando las cosas para darme una ducha, cuando recibí la llamada de Amaro:
-¡Eyyyy Chavalote! ¿Cómo estás?-
-¿Qué pasa chiquitín?- le respondí con igual cordialidad.
-Oye, ¿Te apuntas a un cumpleaños lleno de enfermeras?-
-Claro, ¿donde quedamos?- Durante un momento dude -exactamente el que tardo en terminar la frase- pero me considero un buen amigo y no estaba dispuesto a dejarlo solo en un trance como éste.
-Te recojo dentro de una hora-
Mi imaginación se disparó -no he asistido a muchas fiestas de este tipo-, me imaginaba rodeado de guapas enfermeras con cortas batas blancas y cofias con grandes cruces rojas; serviciales y dispuestas a curar todos mis males. Es lo que tiene padecer el síndrome de “mente calenturienta”, dicho síndrome es habitual en hombres con un determinado perfil el cual cumplo de forma estricta, suele darse en solteros treintañeros y que no se han comido una rosca en los últimos meses.
Me recogió a la hora prevista, durante el viaje me avisó de que nos marcharíamos pronto. Nos costo un poco localizar el lugar, pero al final llegamos. GPS que gran invento lástima que no lo lleváramos encima.
Era un pequeño local oscuro, con buena musica y bien decorado, los invitados estaban situados en el rincón, Amaro realizó las oportunas presentaciones, comenzando por la anfitriona, sus hermanas, una amiga de ésta y un montón más que no recuerdo. Yo pasaba el rato bebiendo un brebaje sin alcohol con sabor a medicamento -lo debió de haber traído alguno de los invitados-, apoyado en la pared cerca de la pitanza, compuesta por unas bandejas llenas de golosinas y almendras garrapiñadas.
La fiesta iba “viento en popa” cada vez llegaba más gente que se acercaba para presentarse y decirte los nombres de sus acompañantes: que inevitablemente pasados unos segundos yo olvidaba. Después de tantas presentaciones tenía algo bien claro, mi nombre; lo había repetido tantas veces como para no olvidarlo.
Las conversaciones de discotecas siempre me han parecido cuanto menos curiosas y las presentaciones más aun. Me encontraba ensimismado en mis cosas, intentando resolver una duda de esas llamadas existencial: no conseguía decidirme: un beso azucarado, corazón de melocotón o quizá ¿una esponja?, al final opte por echarme al ruedo y fui directo a la bandeja de almendras garrapiñadas, cuando incidentalmente se acercaron cuatro chicas cual de ellas más guapa; mi acto reflejo fue obviamente el de cualquier hombre en esté tipo de situaciones, directamente miré hacia atrás buscando el objetivo de sus miradas y sólo descubrí que detrás de mi estaba la pared, sonreí y contra la voluntad del niño goloso que llevo dentro ofrecí una de las bandejas de dulces:
-…acias- Me dijo levantando un beso de azúcar y mostrando una generosa sonrisa.
-De nada- Le respondí mientras, le regalaba una sonrisa todavía más generosa; ¿Qué se pensaba? ¿Qué podía ganarme sonriendo?
-Hola…mi…ombre…llas…son….- Mientras me señalaba a cada una de sus acompañantes.
Me presenté, e intenté hacerlas comprender mi nombre.
-¿Tú…en…bajas…pital?-
Llegado éste punto, me sentía como si jugará al juego del ahorcado, intentando adivinar las letras que faltaban a aquella conversación; como desafortunadamente desde bien pequeño -no más de 50cm- se me han dado mal éste tipo de juegos -en el “veo veo” me sigue ganando mi sobrino de cinco años-”; amplié mi sonrisa tanto que ya empezaba a sentir calambres en la quijada y comencé un leve movimiento de afirmación, para que aquellas maravillosas mujeres creyeran que las estaba escuchando.
-Nooooo- y comencé a reír de manera nerviosa mientras negaba con la cabeza.
-¿En…e…bajas?- No comprendía la manía de que bajase, -ya no podía más- intente acercarme un poco para ver si conseguía oírlas mejor.
-¿Qué?-
-¿En…abajas?- Volvió a preguntarme acercándose ella también.
-!Ah¡ trabajo en una oficina ¿Y vosotras?-
-¿…e?…ona, ¿Qué?-
Cada vez nos acercábamos más, en otra situación -visto lo cerca que estaba de ellas- hubiera comenzado otro tipo de juegos con aquellas cuatro señoritas.
-¡En una oficina!- grité mientras con las manos simulaba escribir en un teclado.
-!AH¡- Ésta si que la había cogido de pleno; la señalé y le pregunté - ¿Y tu?-
-…y….fer…a,…toy en el mismo -el Dj cambió de canción-…tal que …en-
Llego un momento en el que estábamos perfectamente abrazados, un apretón más y habría salido por mi espalda.
-¡Ya¡ que bien- No me había enterado de nada
La conversación siguió así durante unos minutos, ella preguntaba, yo le respondía; yo le preguntaba, ella respondía; y fingíamos entendernos mientras movíamos nuestras cabezas. Me recordaba a esos perros que nuestros padres ponían en el coche y no paraban de mover la cabeza al ritmo de los baches del camino.
Al final opté por una postura más dinámica, me trasladé a una columna, cerca de la barra, más cerca aun de la puerta y alejada de los altavoces. Me acerqué a la barra y me encontré con una de las primeras chicas que había conocido, le ofrecí una cerveza y aprovechando que los altavoces no estaban muy cerca comenzamos a hablar. Durante la conversación se acercó mi amigo y me dijo que él se marchaba y que ya había hablado para que me dejaran dormir esa noche en un sofá. No podía creerlo, creí que estaba de broma, miraba de un lado a otro intentando buscar donde se encontraba la cámara oculta. Se dió la vuelta y se marchó. Como la compañía no era desagradable, reprimí las lágrimas, escondí mi osito, y continué con la conversación.
El tiempo pasaba y lo que a menudo pasaba por mi cabeza era: si era verdad lo que me estaba ocurriendo, una cosa era cierta: Amaro se había marchado y yo no tenía muy claro si lo del sofá sería verdad o tendría que volverme en taxi. Sobre las 5 de la mañana se acercó la organizadora de la fiesta, indicándome que ya nos marchábamos -ese “nos” nunca sonó mejor-, salimos del pub y emprendimos camino a su casa, eramos cinco, cuatro mujeres y yo. Pasé todo el camino prestando atención a lo que hablaban, para ver si me quedaba con los nombres ya que el único que recordaba era el de la dueña de la casa.
Mi imaginación comenzó de nuevo a volar ¿Cuál de aquellas preciosidades dejaría entre abierta su puerta para ofrecerme una noche de loca pasión? o tal vez ¿Fueran todas? -no me creía con suficientes fuerzas para tantas, en otro momento quizá lo habría intentado de todas maneras el ridículo estaría asegurado-. Llegamos a la casa y cada uno fue realizando el ritual habitual para irse a la cama, apagamos las luces, se cerraron todas las puertas y nos acostamos cada uno en su respectiva habitación.
Bueno, la noche no era como yo la había imaginado, pero no perdía las esperanzas, en las películas -sobre todo en aquellas donde la “pizzera” como cambio al pedido se baja la cremallera de un mono muy ajustado- cuando todos se iban a dormir, entraban las mujeres, bien solas o acompañada por una juguetona amiga -todo depende de lo elaborado del guión- vistiendo unos cortitos pijamas de raso blanco, que dejan ver todo aquello que la iglesia prohíbe.
Mi querido amigo “insomnio” hizo su aparición, y allí me encontraba mirando el techo, cuando una de las puertas se abrió -volví a llenarme de esperanza-; era la anfitriona
-Te cierro ésta puerta para que no te moleste la luz del pasillo- ¡Y vamos si la cerró! Así que visto mi éxito continué a lo mio:
-¿La estación de autobuses estaría muy lejos o cogería un taxi?; ¿La hermana…como era su nombre?; ¿Quedarían más dulces por ahí encima?-
Cuando alguien como yo, persona de demostrado valor, padece insomnio afina el oído, para intentar adivinar si eso que suena es un ruido normal o quizá la visita de algún aburrido fantasma con ganas de echarse unas risas a mi costa. Cuando conseguí dejarme llevar por los brazos de morfeo, unas voces sonaron en la escalera -el mal ya estaba hecho-, habían conseguido desvelarme y sin nada mejor que hacer, me hice la pregunta que un macho se hace en los momentos de insomnio -¿Juego con mi cosita o presto atención a lo que sucede?- por motivos de intimidad decidí escuchar qué pasaba en la escalera.
Las voces iban a más y poco a poco fueron convirtiéndose en chillidos y más tarde en una verdadera pelea, calculaba que probabilidades había de que alguien sacara una pistola y se liara a tiros, y sobre todo si aquella débil puerta que me separaba de la pelea aguantaría una bala perdida -que mal a hecho el cine americano-.
La historia era la siguiente: alguien había decidio ir a cobrar una vieja deuda a las 6 de la mañana -son de esas cosas que a todos se nos pasa por la cabeza a esas horas; tú estás tranquilo en la cama cuando de pronto, a las 4:30 AM llaman a la puerta y es tu viejo amigo Paco a recordarte que le debes cinco euros-. Pero continuemos con nuestra historia: El cobrador se pone a pedir su deuda a lo que parecía ser una mujer y ella le recuerda que su marido -un tal papito- está en casa y va a salir para animar aquella conversación sosa y aburrida. Llegado el momento se oye una voz amenazante -¡Papito!- y comienza una pelea: que si yo te voy a hacer esto; que si tu eres aquello; que pa macho yo…etc. y por detrás la mujer -como cualquier otra mujer en su lugar- animando la discusión:
-Ya te dije que iba a salir mi papito, ahora vas a ver tú, te va a poner la cara que ni pa que te cuento, mamarracho-
Suena el gong y comienza el combate señores, golpes, caídas y la mujer gritando:
-Hay que me matan a mi papito, dejalo Hijo de puta, que me vas a matar a mi machote-
De momento se abré la puerta del pasillo y vienen corriendo tres de mis cuatro compañeras de sueños. Por unos momentos mis ojos se abrieron como platos, viendo las carreras de aquellas tres chicas por ver quien llegaba primero a la mirilla. Mientras que la más rápida había tomado posesión de aquella butaca privilegiada para presenciar la pelea y relataba lo sucedido como de un locutor del “Carrusel deportivo” se tratara; yo no podía ver lo que veían mis ojos.
Me sentí sumergido en una atmósfera del pasado, –lo que más tarde definiría como “Momento Cuentame”–;era cierto, las mujeres usaban prendas de raso para dormir -no salía de mi asombro- lo que yo nunca podía imaginar era que fueran ese tipo de prendas -años de fantasías sexuales rotas en una carrera-. Debo decir que aquellas señoritas no habían perdido ni una pizca del encanto que las acompañaba durante la fiesta, pero aquellos pijamas no se podía decir que eran los que yo había imaginado; de echo puedo añadir que si en ese momento yo estuviera en plena combustión sexual, envuelto en fuego del deseo, no habría mejor extintor que aquellas vestiduras.
Decir y recomendar a toda mujer que lea esta bazofia, que el hombre cuando menciona “pijamas de raso” no se refiere a pijamas de cuello vuelto, chaquetas y pantalones largos o aquellos llenos de molestos botones, no señora o señorita, nos referimos a pijamas -estoy exagerando-, nos referimos a pijamitas tres tallas menor de las que realmente necesita la belleza que lo luce y como complemento unos zapatos con tacón de aguja, complemento éste último indispensable por muy incomodo que sea para dormir, al fin y al cabo en mis sueños las mujeres no viene precisamente a dormir vestidas de esa manera.
Pero ¿donde estaba? Así ya recuerdo, me encontraba tumbado en el sofá, arropado hasta el cuello y sin poder creer aquella escena. ¡Abrase visto mayor desfachatez! entrar todas al comedor sin preguntar y encima vestidas, sin percatarse que un hombretón de metro setenta, hambriento de mujer; se encontraba dispuesto a ofrecer la mejor de sus faenas; ésto no le pasaba al Rocco.
Por fin una ellas echo el pestillo, a la puerta y dejo caer una frase lapidaría: -Si hay sangre, a mí que no me salpique- Una a una se fueron marchando a su cama y una a una se fueron cerrando las puertas. Otra vez me quedé solo pensando en mis cosas -¿Sabían que yo estaba allí? ¿Ésto es increíble, pero aún quedan pijamas de esos?-
Fuera, en la escalera el vencedor se alza como campeón, mientras el vencido lame sus heridas en un rincón.
Desperté sobre las nueve de la mañana y como no tenía nada mejor que hacer mientras esperaba a que todas se levantaran; me puse a leer un libro que relataba la vida de una niña, que parte de la máxima pobreza para convertirse en puta -y a mucha honra señores-; poco después se levanto la dueña de la casa, y se sentó en el comedor un rato mientras sus hermanas despegaban la oreja de la almohada y su amiga hacía lo pertinente por levantarse. La pobre angustiada, se disculpó por lo sucedido durante la noche y yo me limité a agradecerle lo bien que me había tratado y que no dudase en volver a invitarme para una noche así; pero que avisara con tiempo para poder comprar palomitas y disfrutar cómodamente del espectáculo.
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Etiquetas: almendras garrapiñadas, amaro, buen amigo, buena musica, de mente, enfermeras, guapas, hombre es hombre, medicamento, moluscos, solteros, viento en popa
23 de Julio de 2007 a las 20:14
Ayssssssssssss… Este ya me lo sabía!!