Yo de bien pequeño apuntaba maneras, los fines de semana le pedía a mi madre que me pusiera muy guapo –ella hacía lo posible-, me acercaba a la plaza de mi barrio, me sentaba en un banco y contemplaba a las chicas pasar con la mejor de mis sonrisas; después, cansado de forzar la dentadura, terminaba en los lugares más insospechados buscando plan, habitualmente en la iglesia que estaba tres calles más arriba y donde a partir de las seis de la tarde, solían salir las niñas de catecismo.
Cuando me hartaba de pasar el rato o no aguantaba más el sermón del padre Miguel, me iba a mi casa inventando por el camino una buena excusa para justificar mi pronta retirada.
- Qué David, ¿has conocido alguna chica guapa?-
- Sí, pero era demasiado antipática… ¿has comprado nocilla?- Ya de jovencito recurría al chocolate como sustitutivo del sexo.
En mi calle no había demasiado donde elegir y las qué merecían la pena eran varios años mayor que yo.
La primera fue Eva, una rubia y delgada inadaptada que por aquella época le iba el rollo rockabilly; salía con un chico pelirrojo y pecoso del cual nunca supe que podía ver en él y no en mí, salvo por la estatura y los casi 10 años de diferencia, yo era más guapo y simpático, además de poseer una de las colecciones de “clicks de famobil” más grandes de todo mi edificio -Donde iba a parar por Dios-. Con los años hice realidad mi sueño, ella se hizo masajista y había dejado el tema rockabilly, para hacerse hippie y construir un orfanato en la india.
Disfruté como un enano de ese masaje y tras ver los moratones de mi espalda, supongo que algún tipo de rencor me guardaba ella por no haberme declarado en mi tierna infancia.
Continuará…